Nací con el gen viajero

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Todavía recuerdo cuando era chiquilla, aquellas sobremesas de verano sentada en el sofá de la casa de mis padres mirando anonadada el televisor de donde salían imágenes sin parar de lugares recónditos del planeta. Mis papás supongo que por afán de saber que había en otros continentes, nos ponían los documentales de la TV2 que aparte de ilustrarnos, de alguna manera nos educaban a entender que allá afuera había todo un mundo de culturas diversas y civilizaciones perdidas por descubrir.

Yo vivía imaginando países, sabiendo que algún día en mi vida sería una trotamundos que me colgaría la mochila al hombro y saldría a descubrir lo que esa pantalla me estaba mostrando.
Pasó el tiempo, fui creciendo y la vida dio muchas vueltas. A los 18 años a la vez que estudiaba, cuidaba a unos niñitos para sacarme para mis gastos y caprichos.

El primer viaje sin mi familia

Así me fui una semana con dos amigas a Venecia. Era la primera vez que salía de viaje sin mi familia y sentía que quería absorber todo desde el minuto 1. Entonces no había vuelos de bajo costo y volar se hacía impensable a los bolsillos de unas jovencitas que empezaban a abrirse al mundo. Así que nos fuimos en autobús desde Barcelona, todavía recuerdo la pesadez de las horas pasadas en ese bus, donde tenías un asiento y poco más. La gente llevaba almohaditas, mantas, etc… y nosotras en nuestra ignorancia no llevábamos más que los abrigos que nos darían calor el resto de la noche y día siguiente.

Al llegar nos alojamos en un sencillo hostal en la Via di Spagna, lo recuerdo por lo curioso del nombre. No nos habíamos dado cuenta de ello cuando un italiano nos cortó el paso al salir del hostal en su afán coqueto y muy peculiar del lugar, entablando conversación con nosotras y diciéndonos que se notaba que éramos españolas por “gli occhi” (los ojos) y que estábamos alojadas casi que en nuestro país en la “Vía de España”.

Pasamos una semana fantástica pese al frío pues nos fuimos en pleno diciembre pasando el día de Navidad en una Venecia romántica engalanada de luces que le daban un color diferente a sus casas rodeadas de lindos canales. Coincidimos con gente de nuestro país y también conocimos a otras personas del entorno, recorrimos sin parar, compramos los souvenirs de rigor, nos escondimos de un grupo de italianos perseguidores por las angostas callejuelas, aparecíamos y desaparecíamos por unas calles adornadas por la belleza de sus canales, tiendas de arte, cafés excelentes y gente risueña.

 

Terminamos la semana con una sensación de no querer marchar, de seguir rumbo y viajar el país de punta a punta, pero la realidad nos dio en la cara teniendo que subir una vez más a aquel autobús que nos esperaba para meternos un montón de horas en nuestro cuerpo.

 

El antes y el después

Al regreso me di cuenta de que había un antes y un después de aquel viaje. Ya no quería estar más ahí, quería salir de esa gran ciudad donde vivía, quería conocer lugares y sus gentes, quería volar! Pero la frustración se apodero de mi cuando con las mismas amigas preparamos un siguiente viaje a Londres y este fue fallido. Lo que no sabía era que unos años más tarde visitaría esa ciudad más de 10 veces!

Seguía estudiando y dándome cuenta de que para mí desdicha se me hacía imposible planear un viaje cuando era lo que más quería.

Estudié Administración y de ahí me fui directa a trabajar a una oficina por la friolera de 8 años, lo que ocurría es que al principio mi sueldo me daba para lo justo así que lo de viajar se quedaba en casa.

Veía a otros compañeros míos que si lo hacían aunque fueran 20/25 días, marchaban a recorrer rinconcitos de este bello mundo y cuando regresaban ya me tenían esperándolos sedienta de saber de sus aventuras, ver sus fotos, videos y un sinfín de cosas más que tuvieran que ver con el viaje.

A los pocos años de estar trabajando en esa misma oficina, se me dio la oportunidad de ahorrar y poder viajar a San Francisco y República Dominicana, aunque fueron los típicos 20 días de rigor que me daba la empresa por vacaciones de verano. Aun así lo disfruté muchísimo, conociendo los entornos, a la gente local, su música, sus bailes, sus océanos, sus paisajes y sobretodo su esencia, esa esencia que te deja cada lugar que visitas y que con el tiempo se convierte en un nostálgico y lindo recuerdo que te ayuda a crecer porque todo lo que nos llevamos de un viaje cuenta y suma a nuestro ser.

Con el tiempo cambié de trabajo pero seguía con mi horario de oficina de 9 a 6. En aquella época yo ya no era feliz con lo que hacía, no me llenaba, me sentía vacía y a la misma vez soñaba con esa multitud de paisajes que había visto en aquellos documentales y que seguía viendo para compensar mis ansias viajeras.

Después de 8 meses en la nueva oficina, ya no podía más y sentía que algo tenía que hacer. Hablé con una amiga que en esa época se encontraba trabajando en el Reino Unido, le dije que estaba interesada en irme por ahí y si me podría ayudar. Ella trabajaba en un hotel 5 estrellas en una ciudad del centro del país, Birmingham.

Emigrando

Tal cual así, a las pocas semanas, en agosto, ella fue de vacaciones a visitar a su familia y me trajo una solicitud. Al mes su jefe me llamo y después de un mes más, ya estaba hacia un destino desconocido para mí, donde iba a trabajar y convivir en una casa con cinco personas de diferentes nacionalidades. Con 33 años salí dejando el alquiler del piso donde vivía, con tan solo una maleta a probar destino y suerte allá con los anglosajones.

Fui con la intención de quedarme 6 meses y me quede ¡6 años! Tuve varios trabajos, mejore muchísimo mi inglés, recorrí el país entero de punta a punta, tuve también la oportunidad de conocer Paris viajando en el tren Eurostar desde Londres.

A los 6 años falleció mi querido padre y me regresé.

Aunque no tenía ni idea de que la vuelta no sería para siempre, ya que en los próximos 6 años iba a estar yendo y viniendo de Málaga a Darlington para pasar tiempo con el hombre con el que había empezado una relación justo al volver a España.

Los viajes intermitentes al Reino Unido junto con otras salidas a otros lugares de Europa le pico muchísimo más todavía a mi gen viajero acrecentando las ganas de seguir conociendo mundo. A mi pareja en aquella época le llegue a plantear la posibilidad de irnos por ahí sin billete de vuelta, pero él tenía otras responsabilidades que sentía que no podía dejar y bueno yo me conforme una vez más sabiendo que en algún momento eso se iba a dar de alguna manera.

Entonces y con la urgencia de salir un rato, en el verano del 2011 me fui solita y en pleno monzón a India, esa India que tenía pendiente desde siempre y que tanto me habían hablado de ella. Recorrí lo que pude del norte y del sur en dos meses y de ahí me vine con una lección aprendida gigante!

Éste fue un viaje que me marcó y me hizo comprender más de cerca al ser humano. No todo lo que vi me gustó y tengo que admitir que con ciertas cosas sufrí, sintiendo la pobreza y el dolor tan de cerca, pude ponerme en los zapatos de las personas que allí viven o malviven y todo esto por culpa de un gobierno que gira la cara y se tapa los ojos. Aun así, aprendí muchísimo, aprendí de la gentileza humana, de la solidaridad que muestran al verte sola viajando, aprendí de su mirada y de su dar, un dar que no tiene que ver con lo material sino con un alma henchida de humanidad que aquella gente lleva dentro, aunque suene a contradicción.

 

A mi vuelta, seguía viviendo entre España y Gran Bretaña, donde me resistía a volver, cosa que parecía inminente pues en España había una crisis galopante y tengo que decir que no fue fácil asentarme profesionalmente después del regreso. Hacia trabajitos temporales y poco más. Aproveche el tiempo e hice un módulo de turismo especializándome en Agente de Viajes, anhelaba estar en contacto con los viajes aunque los vendiera más que viajara, sabía que eso me iba a dar una experiencia para mis rutas futuras.

El destino me tenía preparada una desagradable sorpresa

Trabajé un corto tiempo en una agencia de viajes en el pueblo malagueño donde vivía y cuando estaba pensando que hacer con mi vida ocurrió la gran fatalidad, otra vez el destino me quitaba a otra de las personas que más amaba del planeta, mi pareja. Enfermo de cáncer y a los cinco meses del diagnóstico se fue de este mundo.

Aquello me hizo plantearme miles de cosas entre ellas lo efímero de la vida, que hoy estamos aquí pero mañana no lo sabemos, que nos preocupamos de cosas que no valen la pena, que acumulamos cosas y no experiencias. Descubrí una realidad que ya conocía pero estaba dormida y sin embargo ahora se hacía eco de mi existencia.

 

 

Había estado en Inglaterra los últimos 6 meses así que después de aquel triste evento, regresaba a mi casa en Andalucía sabiendo que no seguiría allá por mucho tiempo.

Me encontraba sin trabajo y con un dolor en mi corazón que nadie ni nada podía curar, sin embargo solamente había algo que al pensarlo iluminaba mi sonrisa, ese algo era “el viaje” si ese viaje soñado que siempre había querido hacer y ahora me daba cuenta que tenía todo el tiempo del mundo para ello. Tenía unos ahorros suficientes como para poder emprender ese viaje sin retorno o al menos de no retorno por muy largo tiempo. Me lo plantee una sola vez, lo consulté con la almohada y en menos de un mes sabía que lo haría.

Estuve en Málaga 6 meses más, reponiéndome y tratando de interiorizarme y darme cuenta que no se trataba de entender, se trataba de sentir y lo que yo estaba sintiendo en esos momentos solamente yo lo sabía y solamente yo sabía muy profundamente que la muerte deja un dolor de corazón que nadie puede sanar y el amor de pareja deja una memoria imborrable, uniendo esa línea del tiempo que se interrumpió, marcando un despertar y un volver a empezar.

Quería salir y volver algún día (o no) siendo otra distinta a la que partió. Marchaba con el corazón hecho pedazos y sabía que el viaje no lo iba a recomponer pero sí que iba a ayudar muchísimo!

Mi aventura hacia Latinoamérica

Tal cual así en un noviembre de hace 3 años partía dejando a mi madre como un mar de lágrimas y sin entender nada. Marchaba muy triste y no quería echar la vista atrás, estaba llena de recuerdos a cada paso que pisaba en el pueblo donde vivía, no quería verlo más por un buen período de tiempo, por otro lado quería quedarme y despertarme algún día de esa fea pesadilla sin preguntas y con el corazón recompuesto.

Sin embargo mi realidad era la que era y ya no había vuelta atrás. Había pasado un verano acompañada de mi hermano que vino a hacerme compañía y estuvo conmigo un par de meses. Mi madre vivía cerca y algunos amigos vinieron a verme también. Pasé un verano bastante tranquilo pesé a lo que llevaba encima de mis hombros. Los recuerdos me golpeaban una y otra vez, me dolía cada centímetro de mi pecho y corazón, no pudiendo dejar atrás la pena acepte fluir con la vida sabiendo que eso algún día también pasaría.

Utilice esas terapias alternativas que siempre había encontrado de una gran ayuda, así combinaba el yoga, con el Reiki que me proporcionaba a mí misma, hice también terapias de cuencos tibetanos y lo mejor en aquellos momentos fue el descubrimiento de la numerología, la cual me mostró caminos que desconocía.

Me ayudo a conocerme mucho más y entender porque pasaban las cosas, en un mirar atrás entendí por qué había tenido que recorrer el camino que elegí y conseguí saber manejar las situaciones que llegaban a mi vida, de una manera menos caótica y desde lo más profundo de mi ser. También aprendí a través de los números a conocer más y mejor al otro, a saber relacionarme en base a quienes llegaban a mi vida y porque llegaban. Me ayudo también saber que números tenía a futuro y su significado y un sinfín de cosas más que encontraba fascinantes.

Algunas de estas técnicas que fueron de gran ayuda en aquellos momentos, hoy en día las sigo utilizando y sobretodo la numerología me sigue ayudando día a día. Lo mejor de esto es que también he podido ayudar a algunas personas a conocer más de cerca, ciertos aspectos de su vida para poder así tener un camino de vida más completo y feliz.

Y así fue como me encontré tal día tomando un avión destino Buenos Aires sin pasaje de vuelta, cumpliendo con aquel sueño que siempre había querido realizar, lo que nunca imaginé es que lo cumpliría en tales circunstancias.

Compartiendo con los lugareños

Llegué para encontrarme con las personas que serían mis anfitriones por casi dos semanas que allí estuve.

Era la primera vez que utilizaba la herramienta web “Couchsurfing” que es una página donde los viajeros buscan un lugar para dormir en casa de las personas locales del lugar a donde van a cambio de compartir el tiempo con ellos. También se puede quedar con otros viajeros o personas que viven allá. Así que me decidí, probé y me fue genial y tengo que decir que vale la pena utilizar esta modalidad porque aunque se pueden encontrar personas no tan afines, también se encuentran personas extraordinarias que la mayoría de las veces quedan ahí para siempre, y no hay nada mejor que tener amigos en cada continente.

Tuve un buen recibimiento en la gran Buenos Aires, mi amigo Herí, autóctono de la provincia de Buenos Aires vino a recibirme y me invito a comer a su casa con su señora para después llevarme a la casa de lo que sería mi familia de “couchsurfing” por una semana y media.

Ni que decir tiene que Sandra, Dani y Kevin me recibieron súper! Son una familia encantadora y ahora somos amigos. Mi primera experiencia con couchsurfing resulto de diez y se disiparon mis dudas y miedos en las siguientes 2 horas que pasé con ellos. Me dieron total libertad al igual que estar en mi propia casa, siempre yo era una más de la familia y así me lo hicieron saber. Fuimos varias veces a la capital ya que ellos viven en una ciudad cabecera a 37 km de Buenos Aires.

Con Sandra nos hicimos confidentes durante mi estancia y hoy por hoy puedo decir que me ayudó mucho en mi caminar, ella es dulce, te escucha y está atenta porque no te falte de nada, reímos, lloramos y nos divertimos juntas en esas amenas noches de sábados de pizzas, empanadas y juegos.

Y así fui recorriendo el país entero, llenándome de amigos que conocía o bien en la red o bien en el viaje, en algún hostel y después me invitaban a su casa cuando pasará por sus ciudades. Tengo que decir que de Argentina me quedó un muy buen sabor de boca y fue muy acertado haber decidido empezar por ese país.

 

 

 

Me llevé muchos amigos en mi corazón y las ganas de regresar muy pronto.

Así fui pasando fronteras y después de Argentina vino Chile, después Bolivia y seguí subiendo. A esas alturas ya empezaba a cansarme un poquito del viaje pues ya llevaba más de un año viajando por Latinoamérica y sentía que tenía que parar un tiempito.

El viaje no siempre es tan bueno, hay momentos peores que otros y países en los que no te sientes tan bien como en otros, es como la vida misma y el viaje es parte de la vida.
En estas estaba cuando pase la frontera una vez más desde Copacabana en Bolivia a Puno en Perú y de ahí empecé a recorrer hacía arriba el país.

Me encontré con lugares hermosos y me di cuenta que hasta ese momento no había recorrido un país que lo tuviera todo, costa, selva y cordillera con sus nevados, así que fui trazando el mapa recorriéndolo todo y cuando ya estaba por el norte a punto de salir hacía Ecuador ahí me paré.

 

 

 

Y otra vez acompañada

Me paré porque lo necesitaba y porque aparte de que me ofrecieron un trabajito en una agencia de viajes por 15 días, conocí al que hoy en día es mi nueva pareja y mi recién estrenado esposo. ¡Sí, así son las cosas! cuando menos te lo esperas, cuando fluyes y te relajas te suceden cosas que jamás habrías esperado o al menos para mí en esos momentos, ya que lo que menos pensaba era en un marido!

Así que me quede y hoy llevo ya casi dos años en Chachapoyas, una ciudad colonial del norte de Perú, se encuentra entre cordillera y selva y aunque es temporal por estos lares estaré de momento, pero ya no por mucho tiempo, porque entre otras cosas a mi pareja también le entro la curiosidad y el gen viajero desde casi que nació y es por ello que compartimos algo tan grande como es esta universidad de la vida que te enseña tanto, “el viaje”.

Por lo que desde que estoy aquí conocí Ecuador, Colombia, Centroamérica y México y de ahí dimos el salto por 3 meses al Sudeste Asiático, el cual también nos enseñó muchísimo, desde su filosofía budista que no religión y de la que tanto deberíamos aprender los occidentales.

 

Así ha sido parte de mi vida y recorrido, el viaje siempre me acompaño y me seguirá acompañando si puedo hasta el final de mis días porque para mí el viaje es la mejor escuela que la vida te puede dar.
Viajar te da la oportunidad de ver cosas que en tu rutina diaria ni te das cuenta que existen y que son valiosas para la vida.

 

“Dejad que vuestro espíritu aventurero os empuje a seguir adelante y descubrir el mundo que os rodea con sus rarezas y sus maravillas. Descubrirlo será amarlo” Kahlil Gibran

2 respuestas

  1. Enhorabuena Istar por haber lanzado este blog tan bonito, con tanta personalidad y alma! Me has emocionado con este post, una gran historia de seguir tu propio faro interno a pesar de cualquier circunstancia. Gracias por compartir todo esto, es inspirador 🙂
    Te deseo todo lo mejor! Abrazos

    1. ¡Hola Ana!

      Muchísimas gracias a ti por tus palabras y todo tu apoyo.
      De verdad que así es, tal cual dices, deberíamos seguir nuestros sueños, sea el que sea, porque solamente así fluimos y por supuesto hacer de nuestras circunstancias lo mejor encada momento por muy negro que lo veamos siempre hay una luz al final del camino.
      Me alegro que me sigas y que sobre todo te gusten mis historias 🙂
      Un abrazo.

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