A las viajeras sin solución más de una vez nos han preguntado; ¿Por qué viajamos? ¿Qué nos mueve? ¿Qué estamos buscando? Son preguntas con respuestas un tanto complejas, tanto como explicar qué hemos venido a hacer a este mundo.

Cuando salgo a viajar no me planteo casi nada, hay personas que me dicen que elabore una lista, que trace rutas, etc…  Quizás para algunos puede ser necesario, yo prefiero que la ruta me sorprenda y aunque sí me informo un poquito, dejo que sean mis pasos los que vayan descubriendo los rincones del lugar a donde llego.

Salir a viajar te abre muchos frentes, porque puedes salir “por la puerta grande” como digo yo, es decir, en un viaje de una semana o unos pocos días, hospedándote en un hotel maravilloso, con rutas marcadas y todo coordinado para saber qué vamos a visitar en cada momento.

Sin embargo cuando tenemos un mes o más, incluso tiempo indefinido es entonces cuando te quieres comer el mundo y escudriñar hasta el último rincón de cada lugar al que vas a llegar.

Porque viajamos para sentir, para curiosear, para aventurarnos, para contar historias y un sinfín de sensaciones más que desatan nuestras pasiones por el viaje.

Particularmente,

Viajo por la libertad que me produce sentirme desvinculada de todo y de todos, sentir que no tengo que cumplir un horario, que nadie más me espera, que no sé adónde voy a dormir hoy o mañana, que no habrá despertador que me moleste en la mañana, que no hay cadenas que me aten a nada y cuando subo a un avión me siento libre a cual pájaro sin rumbo.

Viajo porque la aventura me llama, me dice que me suba a esa barca para cruzar el río o que me lance en tirolina, que salga y me pierda por una ciudad gigantesca, que me descubra caminando por la selva de noche, para mí, no sentir esa adrenalina haciendo algo desconocido sin saber qué sucederá, es como si me hubiese quedado en casa.

Viajo porque soy muy curiosa, me encanta ver y mezclarme con otras culturas muy diferentes a la mía, compartir unos días con los indígenas de la costa de Panamá, o de la selva de Perú, asombrarme con las vestimentas tan coloridas, la diversidad étnica y sus arraigadas costumbres. Llegar a esas personas y conocerlas, darme cuenta de que existen otras realidades y no solamente la mía.

Viajo porque me hace feliz, me llena levantarme cada mañana en un lugar distinto, hablar con desconocidos y ser parte de una fiesta, un ritual o una celebración a la que asisto por primera vez en mi vida y de la que siempre recordaré por lo dispar de la cuestión.

Viajo porque la rutina me mata la curiosidad y la novedad la despierta y me prepara para la sorpresa de lo que vendrá.

Viajar te cambia el ritmo al que estás acostumbrada

Viajar es adictivo, produce dependencia y eso que a mí ¡los apegos no me van!

Viajar te hace más permisivo y te enseña a ser más respetuoso, te hace condescendiente.

Cuanto más conoces, más quieres conocer, nunca quieres parar y cuando estás un tiempo en casa, en tu zona de confort, te empieza a picar el gusanito y quieres volver a dejar ese cascarón que es tu casa y tu mundo, donde al contrario de sentirte confortable te empiezas a sentir nerviosa e inestable en un lugar que ya no consideras tuyo y quieres volver a empacar y salir. Porque dejar tu zona de confort nos trae aprendizaje, se amplifica nuestra visión como si lleváramos puestas nuestras mejores gafas viajeras.

El otro día estuve viendo aquel cortometraje que en sus tiempos se hizo viral “El síndrome del eterno viajero”, observaba la realización, su composición y narración, que por cierto no tiene desperdicio, está muy acertada y muy bien elaborada para mi gusto. Mientras lo veía pensaba en nosotros los viajeros y viajeras, en cómo somos y qué es lo que nos llena y hace salir al camino para después volver a regresar, no saber volver y salir de nuevo. Cómo nos reinventamos a diario y cumplimos sueños, sentimos que el mundo entero es nuestra casa, las personas que en él habitan y sus realidades, queremos exprimir la vida y llenarla de paisajes, nuevas amistades y aventuras.

Me hizo pensar mucho y me di cuenta de que después de todo, vamos a tener todos el mismo final. ¿Cuándo termine nuestro viaje en este planeta, estaremos listos para un nuevo viaje completamente diferente? Puede que para nosotros los viajeros también encontremos adrenalina y aventura en eso tan desconocido que hay al otro lado de este fino velo que nos separa de otros planos.

Profundizando en el motivo que me impulsa a viajar, me ha permitido relacionar mi trabajo con eso que tanto me llena y solamente así puedo sentirlo como algo que no es una rutina diaria.

Se han preguntado alguna vez cómo afrontarían saber ¿que este viaje pueda terminar mañana? Desde el corazón la mejor respuesta a eso es saber que estamos viviendo “Aquí y Ahora”, haciendo en todo momento lo que nos llena y hace felices.

Sé que viajar no es lo que a todo el mundo le mueve, hay personas que disfrutan; pintando, bailando, cocinando, escribiendo… Y todo es muy lícito. Pero entonces, ¿por qué no lo hacen? ¿Tienen miedo? ¡Pues háganlo con miedo! no habrá una satisfacción tan grande al final del camino que haberlo hecho y darse cuenta de que llegaron, nuestra zona de confort se amplía de esta manera.

Me gusta animar a las personas, a las mujeres en esta ocasión, ya que somos a las que todavía más dificultades se nos ponen para todo;  “ya no es el momento, se te pasó el arroz, no lo hagas, no es para una mujer sola, etc…”

Al final, las respuestas están dentro de cada una de nosotras.

¿Y a ti qué te hace feliz en la vida? ¿Estás cumpliendo tus sueños?

Compártelo conmigo en un mensaje, me encantará conocer tu opinión.

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